TOULOUSE
Un pequeño detalle que no carece de importancia: más allá de la aparente incongruencia de su irrupción, todo apunta a que es el propietario de una bombona de gas. A continuación tiene lugar una desconcertante confrontación en la que, con su aire de seductor-delincuente con tendencia a la mitomanía, intenta, durante una hora, compartir con los espectadores su visión de la destrucción del mundo en general… y del teatro en particular.