CARCASSONNE
Actor popular e imprescindible, Jean-Paul Rouve se adueña de una de las grandes obras maestras de Molière en una versión viva y jubilosa de El burgués gentilhombre, que encontrará toda su resonancia en el Château Comtal.
Creada en 1670 para la corte de Luis XIV, esta comedia-ballet combina teatro, música y danza. Bajo la apariencia de una farsa barroca y musical, El burgués gentilhombre pone en escena las ilusiones de un rico burgués fascinado por la nobleza. Para intentar acceder a ese mundo idealizado, se rodea de maestros de distintas disciplinas — danza, música, esgrima, filosofía — y se convierte en presa de aduladores e impostores. En un torbellino de malentendidos, matrimonios concertados y escenas de inspiración oriental, la obra cuestiona con humor las fronteras entre clases sociales, el poder de las apariencias y el ridículo de las pretensiones.
Nota de intención
Jérémie Lippmann – Director escénico
Este Burgués gentilhombre celebra el humor y el placer del juego teatral. De la sátira a la farsa, hace de la risa un vehículo tanto de disfrute como de reflexión. La puesta en escena se apoyará en la ambigüedad placentera y desconcertante del espectáculo: divierte tanto como extravía, ilumina tanto como desvía. Así, con un ritmo sostenido, los personajes, firmes y profundamente encarnados, se suceden y arrastran al público en un impulso de situaciones grotescas. La comedia actúa entonces como un velo jubiloso, ocultando un teatro de ilusiones y falsas apariencias.
Concebido como una arena, el espacio escénico evoca a la vez la pista de un circo y el carrusel de las apariencias. Cada personaje vendrá, uno tras otro, a presentar su número para defender sus intereses. Este círculo infernal se acelera a medida que avanzan las escenas. La escenografía evoluciona y luego se transforma, siguiendo así la ceguera creciente del protagonista. Los vestuarios, fieles a la época de la obra, encarnan los disfraces, las ambiciones y las mentiras de quienes los llevan. A veces ornamentos, a veces disfraces, están en el corazón mismo del engaño colectivo.
La música, omnipresente, toma de Lully sus bases barrocas. También ella juega a este doble juego: guía, sugiere, traiciona, hace estallar lo cómico. En momentos clave, se escapa del siglo XVII para deslizarse hacia sonoridades más contemporáneas, subrayando por contraste lo absurdo — o la modernidad — de las situaciones. Los ballets acompañan estas composiciones y acentúan la frenesí y la exaltación del ridículo, donde el cuerpo expresa lo que las palabras esconden. Llevarán al paroxismo las ilusiones de grandeza del señor Jourdain.
A través de él, Molière pinta un mundo donde las apariencias, el lenguaje y las maneras se convierten en objetos de deseo tanto como de burla. La célebre revelación sobre la prosa es una ilustración cómica y conmovedora:
«¿Y la manera en que hablamos, qué es eso entonces?»
«Prosa.»
«¿Qué? Cuando digo: “Nicole, tráeme mis pantuflas y dame mi gorro de dormir”, ¿eso es prosa?»
«Sí, señor.»
Este descubrimiento ingenuo — «¡Por mi fe, hace más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo!» — se convierte en el símbolo de la distancia entre lo que uno es y lo que cree ser.
Combinando una estética barroca con resonancias contemporáneas, esta obra exaltante busca hacer vibrar el placer del teatro en toda su riqueza sensorial y crítica. Un espectáculo completo, a la vez divertido, cruel y deslumbrante, en el que cada uno puede reconocer un poco de su propia comedia.