TOULOUSE
— Siempre el mismo sueño… Subir al escenario sin estar preparado, ¿qué se hace en esos casos? —pregunta el cantante Raphaël a la IA de su teléfono.
— Un karaoke —le responde la IA—. Es tu única oportunidad.
Empieza a sonar a todo volumen la pista de un éxito popular, pero se interrumpe: «Lo sentimos, no tienes los derechos para esta canción…».
El karaoke no es un concierto cualquiera.
Es una forma libre e hipnótica, de gran audacia formal. Un laberinto en el que Raphaël se pierde entre sus canciones, versiones fantasmales y la voz de una inteligencia artificial omnisciente.
En el escenario, cuatro músicos y una actriz, pero también imágenes mentales que afloran a la superficie, ilusiones y un karaoke que se convierte en una pesadilla.
El público es testigo de un viaje interior: recuerdos de la infancia, fantasmas familiares, evocaciones de Bowie o Johnny, choques reales e imaginarios.
El espectáculo oscila entre el humor y el vértigo, la poesía y la sátira tecnológica.
Aquí, las canciones son puertas que se abren a otros mundos.
Un espectáculo total, musical y visual, donde la verdad aparece entre las palabras, tras las superposiciones de pantallas.
Y donde, tal vez, la única solución sea atreverse a despojarse de la coraza.