TOULOUSE
Partiendo de un hecho real —la muerte de un estudiante belga de origen senegalés en diciembre de 2018, tras un ritual de iniciación en un círculo estudiantil elitista—, exploran la hipótesis de un encuentro cara a cara entre la familia de la víctima y la de dos de los condenados.
En una casa familiar de la costa belga, dos años después de un juicio muy mediático con condenas irrisorias, parecen darse las condiciones para este encuentro. El padre de la víctima llega acompañado de su hijo, así como de una periodista que ha acudido para documentar este intento de diálogo.
Pero este encuentro solo existe porque está montado. En el escenario, los actores e actrices intentan exponer las distintas versiones, inventar las palabras que no se pronunciaron.
Muy pronto, las posiciones se vuelven inestables. ¿Quién habla? ¿Desde qué lugar? ¿Dónde empieza la ficción y qué abarca? El dispositivo da un vuelco. El encuentro se convierte en un campo de fuerzas. Los actores y actrices, al igual que los personajes, pasan sucesivamente del papel de testigos al de cómplices, víctimas o jueces.
Lo que debía ser un gesto de reconciliación se transforma en una repetición imposible: la de una historia que insiste, que se resiste y que pide ser representada de nuevo sin poder resolverse jamás.
En la encrucijada entre la realidad y la ficción, LA FÊTE pone de relieve el poder de la narración y expone los mecanismos de protección de las élites, la negación del racismo, la violencia de los legados y las zonas de sombra que deja lo que no se ha dicho, no se ha juzgado ni se ha reparado.
El teatro se convierte así en un espacio de fricción: un lugar donde se intenta, colectivamente, mirar aquello que, en la realidad, sigue siendo irreconciliable.