TOULOUSE
Entre la pasión, la razón de Estado y la venganza, los destinos se entrelazan bajo la mirada burlona de los dioses. Y mientras las niñeras chismosas, los pajes insolentes y los soldados gruñones comentan las travesuras de los poderosos, el Amor se burla tanto de la Virtud como de la Fortuna: esta noche, es él quien lleva la batuta.
Claudio Monteverdi tenía setenta y cinco años cuando compuso su última obra maestra. Maestro de capilla en San Marcos desde 1613, se lanzó con la misma audacia de siempre a la aventura de los teatros públicos venecianos. Para el carnaval de 1643 nace *La coronación de Poppea*, con libreto del poeta libertino Busenello. Con una ironía típicamente veneciana, este mezcla dioses alegóricos, figuras históricas y personajes bufonescos de la *commedia dell’arte*. El gran género se codea con la farsa, lo sublime roza lo grotesco, y la sátira del poder se cuela bajo la máscara del elogio. Porque el genio de la obra reside en su jubilosa ambigüedad: el amor triunfa, pero es un amor amoral. La música se adapta a cada matiz del alma, desde el recitativo más áspero hasta el arioso más voluptuoso. La ópera se convierte en el espejo de nuestros deseos… y de nuestras ridiculeces.